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Por la demanda de soja mundialmente incrementada, enormes desiertos de soja han surgido en Norte y Sur América. Los monocultivos reprimen a los productores minifundistas y a la flora originaria, fomentan la aplicación de tóxicos agrarios y escasamente crean puestos de trabajo.

Por su alto contenido proteínico la haba de soja se utiliza principalmente para el engorde de pollo y cerdo como forro concentrado. Los países del Norte no pueden cubrir su demanda de forro porque no tienen suficientes áreas de cultivo. Si por ejemplo Suiza quisiera producir su entera demanda de forro tendría que doblar la superficie cultivada.

El consumo de carne define la demanda de soja

Como consequencia del creciente consumo mundialmente de carne (en los últimos 40 años ha aumentado de 78 milliones a 250 milliones toneladas por año) la demanda de soja subió explosivamente en las últimas decadas. Esta tendencia con mucha probabilidad seguirá persistiendo en el futuro: Si no cambiamos nuestra conducta consumista, el consumo de carne a nivel mundial se incrementará doblemente hasta el año 2050.

El cultivo de soja en Brasíl es altamente industrializado. Latifundistas (1% de los Brasileros poseen 48% de la tierra de cultivo) crean monocultivos en enormes áreas. La biodiversidad de las espécies es muy reducido en estos llamados "desiertos de soja". La utilización de máquinas agrarias pesadas conduce a la compactación de suelos, la falta de diversificación favorece la erosión. Los ríos, suelos y el agua subterránea son contaminados por la aplicación excessiva de fertilizantes sintéticos, herbicidas y pesticidas. Enormes áreas de flora originaria en Brasíl son sacrificados en la actividad económica de la agroindustria: Desde 2003 70'000 km2 de selva tropical han sido transformados en áreas de cultivo de soja.

Los pequeños se quedan con las ganas

El cultivo de soja industrial también trae consigo consecuencias sociales: Pequeñas empresas no pueden reunir grandes inversiónes para máquinas, fertilizantes y plaguicidas. Así venden su tierra a latifundistas y emigran a las ciudades. Hoy en día 350'000 familias minifundistas están cultivando soja en Brasíl, por ello 13% del área total está a su disposición. Los 87% restante del área de cultivo de soja es cultivado por grandes empresas, los cuáles brindan ingresos para sólo 66'000 personas.

Además la gran demanda de soja muchas veces conduce a la violación de los derechos de la tierra y derechos humanos: Si los grupos indígenas no disponen de los títulos de propiedad, aún teniendo los derechos traditionales del aprovechamiento de la tierra, son expulsados de sus tierras. Por consecuencia no sólo son despojados de sus territorios si no también de sus perspectivas.

Ingeniería genética... la promesa vacía

Desde el 2005 el cultivo y la venta de soja genéticamente manipulada está legalmente permitida en Brasíl. Hoy en día 50% hasta 70% de la soja cultivada en Brasíl es genéticamente manipulada. Por su resistencia al herbicida Glyphosato, la cantidad de trabajo para eliminar las malas hierbas podría ser disminuado y consecuentemente la rentabilidad del cultivo de soja potenciado. El impacto del uso de esta nueva tecnica es incalculable, ni las consecuencias del consumo directo de alimentos genéticamente manipulados, como tampoco las influencias indirectas en el ecosistema.

El argumento de la rentabilidad se ha revelado mientras tanto como promesa vacía. Sin embargo al principio, las herbicidas aptas para la soja genéticamente manipulada eran adquiribles econcómicamente. Pero mientras tanto los precios han subido masivamente. Además otras plantas han desarrollado resistencias al Glyphosato. Eso obliga a los productores a aplicar mayores cantidades de tóxicos. Por estos mecanismos los productores caen en una dependencia siempre más grande de las multinacionales agrarias y su política de precios.

Productores orgánicos y minifundistas sometidos a presiones

Para los productores orgánicos los cultivos genéticamente manipulados constituyen una amenaza constante. Pues la soja orgánica puede contaminarse con material genético manipulado por la transmisión de polen o por restos en máquinas agrarias. Así ya no está acceptado como producto orgánico. Pequeñas empresas familiares como en Capanema son aún más expuestas a estos riesgos por no poder acceder a máquinas propias y por lo tanto depender de instrumentos prestados.

Mientras tanto, una dificultad suplementaria se encuentra en la obtención de semillas. En el Sur de Brasíl casi ya no se consigue semillas no manipuladas genéticamente. Mientras que gebana Brasíl tiene la posibilidad de conseguir las semillas para sus productores en otras regiones o producirlas, a muchos otros productores minifundistas no les queda otra que utilizar la soja genéticamente manipulada. Por el predominio de las clases genéticamente manipuladas se pierde la libertad de decidir por un cultivo convencional u orgánico.

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